Ley de Violencia de Género: unos cambios que cambian más bien poco

5 junio, 2017

Violencia-de-Género

La violencia de género, una lacra que parece no tener fin en nuestro país, merece toda la atención de los políticos. Hablamos de algo que ya ha pasado a ser verdadero terrorismo doméstico y no cabe mirar para otro lado o aplazar más la reforma de la ley.

Afortunadamente parece que tenemos consenso entre partidos para abordar la modificación de la Ley de Violencia de Género, una ley que, a priori, es buena (incluso así se ha reconocido a nivel internacional), que fue pionera en Europa y ha servido de modelo para el desarrollo de otras leyes similares. Sin embargo, está lejos de ser perfecta.

En España, según la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género vigente, son calificados como de violencia de género los casos de violencia física o psicológica que impactan negativamente sobre la identidad, el bienestar social, físico o psicológico de las mujeres, siempre que estos actos provengan de un hombre que ha sido o es su pareja sentimental.

En el preámbulo de esta Ley ya se presenta la idea de que la violencia de género se produce cuando un hombre maltrata (pega, insulta, amenaza, mata…) a una mujer por el mero hecho de serlo. También supone además que eso ocurre siempre que un hombre ejerce ese maltrato sobre su pareja o expareja, y que por tanto lo hace por un tema de superioridad, machismo o discriminación sexual.

Entre las modificaciones que se están planteando los partidos políticos hay una que, de recogerse finalmente, seguiría sin modificar el principio sobre el que se basa esta norma y que es el que hace que esta legislación no funcione. Nos referimos al punto que dará por supuesto que siempre que se produzca maltrato machista, incluso sin necesidad de que exista una relación afectiva, ocurrirá sólo porque él es hombre y ella mujer.

Generalmente, los feminicidios y la violencia en la pareja tienen más que ver con la forma en que se concibe la relación entre las dos personas que con la sumisión machista. Es decir, la maltrata no porque es mujer, sino porque es “su mujer”.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no haya víctimas a manos de hombres que las maltratan por sentirse superiores física o intelectualmente, por razones económicas o por puro y duro machismo. Sin embargo, es probable que esta no sea la única causa en algunos casos.

Si el machismo fuera la única razón, ¿cómo explicamos la violencia en parejas homosexuales o los hombres maltratados? Y como todos sabemos, hay víctimas también en estos ámbitos.

Es muy positivo que se modifique la ley si se ha constatado que no funciona (y, de hecho, no está funcionando como demuestra el incremento de mujeres asesinadas), pero si no se altera el principio sobre el que se basa, estos cambios no van a conseguir acabar con la violencia de género ni van a servir para reducir la cifra de víctimas.

Las modificaciones han de ser mucho más profundas, dirigiéndose a la raíz del problema. En este sentido, parecen muy efectivos por ejemplo, los esfuerzos que se van a dedicar a conocer más al maltratador: su perfil, sus motivaciones, si hay comportamientos que similares en todos los casos, etc.

Es fundamental disponer de ese “retrato robot”, que nos ayudará, también a los propios jueces y abogados, a identificar roles, pautas, acciones que nos pueden llevar, incluso, a adelantarnos a las agresiones. Por supuesto, no se trata de criminalizar a nadie de forma previa, pero sí puede ser una gran herramienta de prevención.

En definitiva, la modificación de la ley es bienvenida, pero no debemos ser complacientes. Hay que modificarla mucho más allá de la estética y sin dar por hechos ciertos presupuestos, convirtiéndola en una norma ambiciosa pero, por encima de todo, efectiva.



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