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Las desigualdades de la ley de violencia de género

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El abuso es una lacra social, uno de los cánceres de nuestra sociedad. Pero cometemos un fallo grave de diagnóstico, esperamos que el abuso solo venga de un lado. El de los hombres. Y que solo vaya hacia otro, las mujeres. Veamos tres situaciones en donde la ley de violencia de género falla.

Violencia hacia hombres por parte de las mujeres. Es un hecho terriblemente invisibilizado. Puede haber un hombre maltratado por una mujer. Porque estamos hablando de seres humanos, no de órganos genitales. La violencia puede existir bajo cualquier forma. Admitir que una mujer en algunos casos puede ser una maltratadora no invalida que el resto puedan ser, por desgracia, víctimas. Son personas distintas. Y pueden estar a ambos lados del abuso, al igual que los hombres. La igualdad efectiva es proteger a todos según lo que han sufrido, no según su género.

Violencia de hombres hacia hombres. Típicamente en parejas homosexuales, pero también puede darse entre amigos o compañeros de trabajo. Como ambos, abusador y abusado, pertenecen al “género privilegiado” su victimización es de segundo categoría. Incluso puede pasar por una riña o un juego entre amigos. Incluso si se demuestran los complejos procesos de abusos psicológicos, como un hombre no puede ser víctima las penas son sensiblemente menores.

Violencia de mujeres hacia mujeres. El caso más posiblemente desconocido. De nuevo, tanto en parejas homosexuales como en relaciones de amigos. Si la violencia de género es por ser mujer, entonces solo un hombre puede abusar de una mujer. Porque sólo los hombres pueden ver a su pareja o compañera cómo inferior. Por desgracia no es tan sencillo, una relación entre dos seres humanos es demasiado compleja como para poder reducirse a una cuestión de género. Una mujer puede sentir actitudes sexistas hacia otra, que considere más femenina. Y eso es también una motivación de género. Algo que la ley no contempla.

Debemos trabajar porque en cada caso, se pondere si realmente alguien es abusado y otro es el abusador, independientemente del género. Para conseguir una ley de violencia justa, igualitaria y sensible a todos los casos posibles dentro de las complejas relaciones humanas.

El abuso en parejas homosexuales, el eufemismo de la violencia doméstica

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A veces nos centramos en abuso masculino y solo pensamos en las parejas heterosexuales. El colectivo LGTBI+ también sufre de esta lacra y podemos ver los mismos, o peores, estigmas sociales.

Cuando una persona maltrata a otra subyace el motivo del poder. Poco a poco, una parte de la relación ha acabado por copar todas las esferas de poder de la relación. Controla las llamadas, las salidas, los amigos e incluso las relaciones laborales. El maltrato físico es solo el rubro final a algo que ya es maltrato desde mucho antes. Y puesto que media una relación entre ambos se trata de violencia doméstica.

Si no se considera probada la motivación del género entonces no puede existir ese delito, solo el de violencia doméstica. ¿Puede probarse que un marido agrede a su mujer por ser mujer pero es casi imposible probar que un marido hace lo mismo con su esposo? O una pareja de hecho. La violencia doméstica es a efectos teóricos y prácticos un eufemismo para el maltratador y una coartada para su maltratador. Bajo el prisma de una riña de pareja se oculta el verdadero problema: una relación tóxica sustentada en abusos.

El agravante de género no solo pone en un lugar especial un tipo muy concreto de maltrato, sino que también empuja hacia abajo a todos los demás. La exclusividad de este tipo de delitos, de facto, excluye que el resto puedan ser vistos como víctimas. Sean del género o de la orientación que sean.