No hay nada malo en ser claro, ni en llamar a las cosas por su nombre. Sin embargo, un Gobierno puede estar formado por varios Ministerios cuya denominación tiende a confundir al ciudadano. Así, por ejemplo, el Ministerio llamado de Política Territorial podría llamarse, con razón, Ministerio de “relaciones internacionales ¿alemano-alemanas?” si tenemos en cuenta que muchas Comunidades Autónomas se autocalifican como naciones. O si analizas como está el Ministerio de Defensa te puede dar un ataque, dado su contumaz empeño en la pedagogía del pacifismo. En su vocabulario no existe la palabra «enemigo». ¿Está el enemigo? Preguntaba Gila al teléfono, que se ponga. ¿Está el “amigo al que aun no conocemos”?, pregunta la ministra de Defensa; pero los barcos con nuestra bandera, territorio nacional, son abordados por piratas en alta mar y Defensa no los defiende. Quizá los defienda el Ministerio de Cultura, digo por lo del pirateo. Lo importante para la Cultura es que el pirata sea auténtico, no vayamos a confundirlo con un corsario, un bucanero o un filibustero.
Pero el colmo de la prevaricación idiomática es el Ministerio denominado de “Igualdad”, que no es un Ministerio a medias. Una ínfima parte del contenido de la Igualdad, la que compara mujeres y hombres, es su razón de ser. Resumida en una frase, su actividad se reduce a propagar a los cuatro vientos la siguiente buena nueva: “las mujeres son más buenas que los hombres”. Ahora ya es obvio que hablamos de la República Democrática Alemana (RDA).
En el ámbito de la familia tradicional, es decir, el matrimonio de hombre y mujer con uno o varios niños, parece que la misión del Ministerio de Igualdad es consolidar la “conquista” de la demolición efectiva de tres principios jurídicos básicos: la presunción de inocencia, el interés superior del niño, y, el derecho del mismo y de sus padres a la igualdad de relación parental. Como en nuestro país siete de cada diez nuevos matrimonios se divorcian, y la mitad de ellos con niños, se trata de obstaculizar a toda costa sentencias judiciales de custodia compartida, alternativa o repartida; o sea, impedir la igualdad parental. Se exige un informe favorable de la Fiscalía, que depende del Gobierno, que casi nunca se da. Insisto, si casi nunca se da es porque el Gobierno no quiere. Es el Ministerio de la Igualdad Excepcional un Ministerio que se niega a sí mismo, negado.
En pos de ese objetivo practica una forma de comunicación psicótica cual es la mixtificación. Una comunicación mixtificante ocurre cuando “lo que usted ve (o piensa, o escucha, o siente) es falso. Yo le digo cómo son las cosas (o lo que usted debe pensar, escuchar o sentir)”. Así, por ejemplo, el Ministerio clama sin rubor: las denuncias falsas de la mujer no existen; o sea, la mujer, por el hecho de serlo, no miente nunca. O una madre (o padre) nunca jamás manipula o instrumentaliza al hijo común en contra de su padre (o madre); o sea, aunque el síndrome de alienación parental (SAP) es diagnosticado y tratado por casi todos los Psiquiatras especialistas en Salud Mental Infanto-juvenil y los Psicólogos clínicos; se estudia en casi todas las Universidades y se exige su conocimiento en muchas oposiciones para acceder a la función pública sanitaria en Salud Mental; pues no señor (y señora) el SAP no existe porque lo digo yo que soy la titular de un Ministerio o mi Delegado del Gobierno. ¿Mi Delegado del Gobierno me miente lo normal?
Pero una cosa es que un Gobierno niegue la realidad económica y laboral de un país, produciendo parados en cadena, que, siendo grave, forma parte del juego político; y otra es que un Ministerio extra sanitario, entre como un intruso en materia que no le compete como un Ministerio pirata, e incentive, por acción u omisión, el maltrato psicológico infantil masivo. No todas las mentiras son iguales, si lo sabrán el Ministerio de Igualdad y la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Igualada.
No hay nada malo en ser bueno. Sin embargo, educar a un niño por el progenitor A en el odio al progenitor B es exigirle lealtad en el ánimo de dañar a éste; es obligar al niño sin posibilidad de defensa a actuar con maldad, a ser malo con el progenitor ausente si quiere ser querido por el presente. Niño no lo llames SAP que no quiere el progenitor A (alienador), ni el Ministerio de Igualdad Excepcional que patrocina su negación, ni el coro de su feligresía subvencionada; no lo llames nada, no lo nombres, como al progenitor ausente, para que así no exista. ¡Mátalo a silencios!
“Casas para divorciadas” escribo en el buscador Google, y me responde: “no se han obtenido resultados”. Prueba irrefutable de que tampoco existen, como la nieve blanca y la sangre roja. Es obligada pues, junto a la dimisión de la Ministra de Sanidad por callar, la dimisión de la Ministra de Vivienda, que no hace caso ni casas para descasados, porque sus competencias también se las ha comido el Ministerio de Igualdad Excepcional de de la República Democrática Alemana, cuyo acrónimo “hiede, luego existe”.
Francisco J. Fernández Cabanillas, jurista y economista. Presidente de la Asociación de Afectados de Síndrome de Alienación Parental


